En estos días inciertos (como señalaba la canción de Celtas Cortos) los ciudadanos de las sociedades “informadas” desayunamos cada día con las noticias llegadas desde Irán, crónicas de la llamada “Revolución Verde”, una más en la lista multicolor de las revoluciones políticas de este incipiente siglo XXI que –por cierto- parece haber olvidado la primera, la roja.
Cuál es el por qué de esta incipiente Revolución Verde puede resultar obvio a una persona cualquiera que esté desconectada de los servicios informativos (si ello fuera posible): una porción amplia de la sociedad iraní se siente engañada en el proceso electoral desarrollado hace unas semanas en su país. Un fraude electoral grotesco que ha enfurecido a una amplia masa social que desea acabar con un gobierno autoritario y teocéntrico, con un sistema de gobierno teocrático, que se aleja a pasos agigantados del deseable progreso socio-político de las comunidades occidentales, mejor dicho, de las sociedades ricas del primer mundo. Este es el análisis casi intuitivo que podemos hacer cualquier persona que se acabe de conectar a la cuestión y, en cierta medida, no falto de razón. Es cierto que existe un estrato social en Irán que desea aproximarse a las formas de vida del occidente desarrollado y como pretensión de una comunidad, totalmente respetable, un proceso de crisis y cambio con causas endógenas de dicha sociedad. Ahora bien, desde hace casi un siglo, se puede convenir sin demasiada dificultad que en los asuntos relacionados con los cambios políticos y sociales que acontecen en países del segundo o tercer mundo no hay que obviar los componentes o causas exógenas, es decir, las pretensiones de terceras potencias, de terceros Estados y en el caso de Irán podemos –solo podemos- estar ante un nuevo ejemplo de esta ya vetusta praxis de la política internacional. Creo que es conveniente hacer una breve contextualización de este movimiento político revolucionario sin entrar en profundas consideraciones.
Es de sobra conocido que Irán es una de las grandes reservas de materias primas energéticas –petróleo y gas natural- del planeta, ello es algo que se aprende en la educación primaria. Es también conocido que estas fuentes de energía son finitas y que son la base de las economías productivas del planeta y que en un futuro no muy lejano las potencias que controlen dichas materia primas ostentarán –aún más si cabe- el dominio económico mundial ya que no se han evolucionado –hasta el momento- las energías alternativas a los combustibles fósiles en la forma necesaria para evitar una brecha energética y productiva en las economías mundiales. Por otro lado nos encontramos con que una cuarta parte del consumo mundial de energía corresponde a un Estado que solo posee alrededor de un 5% de la población total mundial y cuya importación de petróleo ha pasado de ser el 21,5% de la cantidad que consumía (en 1970) a un 60% de la cantidad que necesita (comienzos del siglo XXI), es decir, es un Estado que en cuestión de 30 años ha triplicado su dependencia petrolera del exterior y cuya sed de oro negro parece no calmarse. Cierto es, este Estado sediento es Estados Unidos de Norteamérica.
Es cuestión bien difundida y aceptada que Estados Unidos de Norteamérica hizo palpable su expansionismo energético en la década de los años setenta del siglo XX ejerciendo influencia política en los Gobiernos de aquellos Estados ricos en materias energéticas que se encontraban bajo su órbita de influencia –América del Sur, Estados africanos como Sudán, etc.- y que en otros lugares del planeta entró en conflicto con la otra potencia mundial coetánea hasta principios de los años 90, la extinta URSS, como es el caso de Afganistán donde el conflicto no se dirimía en clave de instalar uno u otro sistema de gobierno sino en tener influencia directa sobre una región estratégica en la conducción de energía. Pero esta parece –diría alguien optimista y bienintencionado- ser una cuestión del pasado reciente.
Ahora bien, teniendo en cuenta la progresión exponencial de la dependencia energética de la única potencia mundial existente, cabe pensar que la defensa de sus intereses ha de ser ejercitada en aras de su continuar su hegemonía. Con ello nos presentamos en los comienzos del siglo XXI. La potencia, como en la década de 1970, se encontraba dirigida por una administración defensora a ultranza de los postulados neoliberales en lo socioeconómico y del Realismo más duro en materia de relaciones internacionales. Si hace casi 40 años era Reagan el Presidente, en el 2000 era George W. Bush, habiendo pasado por los gobiernos de George Bush I que tuvieron el mismo corte ideológico y teórico. Dichas administraciones compartieron la misma forma de ejercer su influencia internacional y de defender sus intereses energéticos: la desestabilización de las zonas geoestratégicas deseadas y la utilización de la fuerza militar (o Hard Power) si ello era necesario –aunque evitable- para ejercer el control político y extraer los bienes deseados y necesarios por su economía de desarrollo fagocitador. Ejemplos de esto los encontramos fácilmente, baste recordar la guerra de Afganistán (donde se apoyó y pertrechó a los combatientes talibanes); la crisis política con –precisamente- Irán tras su “Revolución Islámica” que derrocó el sistema de gobierno del Sha –casualmente apoyado por EE.UU.-; la provocación y/o participación de EE.UU. en la guerra Irán-Irak apoyando y pretrechando militarmente a éste último país liderado por Sadam Hussein; la Primera Guerra del Golfo Pérsico en la cual se libró sobre la base de liberar a Kuwait de la invasión iraquí y proteger su sistema de gobierno, nada sospechoso de ser democrático –aún tomando una definición amplia de este sistema- pero con el objetivo de mantener bajo control occidental las explotaciones petrolíferas del pequeño reino árabe; la guerra de Afganistán iniciada en 2001 sobre la excusa de liberar a un país de la tiranía talibán pero cuyo objetivo primero o último es el mismo que en 1980; la segunda guerra del Golfo Pérsico, o Guerra de Irak, cuyas causas y consecuencias son bien conocidas y cuyo objetivo es el mismo, el control del petróleo.
Cierto es, si has reparado en ello, que se trata de gobiernos dirigidos por el Partido Republicano norteamericano y que en los años 90 hubo dos administraciones Demócratas dirigidas por Bill Clinton. En materia de relaciones internacionales se puede decir que estos 8 años se caracterizaron por una puesta en práctica del Soft Power siguiendo –de cerca y de lejos- los postulados del la Paz Democrática, sustentados en la premisa según la cual las democracias no son beligerantes entre sí. Etapa en la que se potenciaron las relaciones diplomáticas y una presión política soslayada basada en la potenciación los intercambios comerciales con los Estados objetivo de las necesidades norteamericanas. Ejemplos de ello son el reforzamiento del régimen político de Arabia Saudí –tan distante de la democracia como la Tierra del Sol-, incremento de la dependencia de los países suramericanos del coloso del norte, intervención en las ex repúblicas soviéticas con interés estratégico y energético (Chechenia y los diferentes“-Istanes”) así como la relajación de las tensiones y caminos de acercamiento a la República de Irán. Importante en ésta época de los 90 es la instauración y/o potenciación de organizaciones para el desarrollo de la democracia y de la paz, tales como el Instituto Albert Einstein, Freedom House, CINC (International Center on Non Violent Conflict), USAID, National Endewdmentfor Democracy y el más sorprendente y activo CANVAS (otrora OTPOR que actuó en la Serbia de Milosevic alentando el levantamiento ciudadano contra el régimen de ese caudillo nacionalista).
Cierto es que durante el mandato de George W. Bush, estas instituciones pseudo-no-gubernamentales no dejaron de operar en aquellas zonas en las cuales la intervención militar se hacía más que irrazonable so pena de crear conflictos bélicos de magnitud media o alta o demasiados cercanos a los Estados Unidos. Me refiero a las situaciones vividas en Ucrania –Revolución Naranaja-; derrocamiento de Milosevic; Revolución de las Rosas que propició la salida del Gobierno de Georgia de Edward Shevardnadze en 2003 y otrora valido de EE.UU. en su independencia de Rusia; Revolución de los Tulipanes en Kirguistán en 2005; Revolución del Cedro en Líbano en 2005 propiciando la salida de Siria de este país. Otras fallidas fueron la Revolución Blanca en Bielorrusia y la Revolución del Azafrán en Birmania así como el intento llevado a cabo en Venezuela en 2002 y 2007 (otro gran interés petrolero) con la intención de derrocar al –cuanto menos- controvertido Hugo Chávez.
Volviendo a Irán, en los últimos estertores de la administración Bush Jr contemplamos perplejos como tras la aberración cometida contra el pueblo iraquí las miras telescópicas y los ojos inyectados en petróleo de las elites norteamericanas se centraron en Irán, que como antes señalaba, es una de las mayores reservas de petróleo y gas del mundo. Siguiendo con la estrategia “realista” de confrontación bélica, podemos convenir que en su último período la administración Bush, bajo el escudo de impedir el desarrollo nuclear de Irán, país gobernado por un presidente autoritario y con deriva teocrática insegura para la paz mundial, que presumiblemente tenía planes de armarse nuclearmente y agredir a los intereses occidentales, intentó u utilizó toda artimaña posible para conseguir desestabilizar dicho gobierno y conseguir ejercer el control necesario sobre su producción petrolera, estando muy presente en nuestras mentes la posibilidad de conflicto armado entre ambos Estados. Pero ello parece haberse visto frenado por la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos con una nueva y “emancipadora” visión de las relaciones internacionales y de la política en general. Todo el planeta –desde los propios norteamericanos hasta los zulúes, pasando incluso por la flora y fauna universal- agradeció la salida del trono de la Potencia mundial del Partido Republicano norteamericano. Pero, posiblemente y en mi opinión la situación puede ser algo “engañosa” o benevolente con la actuación de este “salvador” del mundo y del universo.
¿Que nos estamos encontrando en Irán? Un proceso electoral en el cual, el caudillo Ahdmadineyad además de competir por la presidencia de su república, sometía a refrendo popular su actuación al frente de la misma, su descarnado enfrentamiento a las potencias occidentales y su estrategia de desarrollo económico del país, así como la pervivencia de la fuerte interacción entre política y religión además de seguir disponiendo libremente –no lo olvidemos- de sus reservas subterráneas del preciado petróleo.
Por otro lado pudimos ver como ganaba fuerza un candidato moderado del régimen islámico, Musaví. Un competidor sí pero no un opositor rupturista con el régimen pues no estaba en juego la forma de estado o la forma de gobierno de la República Islámica de Irán, simplemente –aún arriesgándome a un muy excesivo reduccionismo- se trataba de continuar con los postulados arcaicos y teocráticos de Ahdmadineyad o flexibilizar las normas de conducta y convivencia de fuerte carácter religioso que están en práctica hasta ahora. En el ámbito social nos encontramos con una fuerte ruptura en los apoyos que recibe cada uno. Si por un lado nos encontramos con que Ahdmadineyad recibe el apoyo de la población campesina y pobre, receptora de las mejoras sociales que este dirigente ha puesto en práctica, en el lado contrario nos encontramos con una población urbana de clase alta y media burguesa, acomodada, comerciante o industrial, así como estudiantes universitarios con las miras puestas en el modelo de vida occidental; un estrato social que puede permitirse viajar a los países europeos o a la metrópoli occidental y que –legítimamente- desea poder tener en su país el estilo de vida occidental.
Con estos ingredientes se vuelve a elaborar la “receta” del menú de la inestabilidad y el control exterior de un Estado por la metrópoli. Una receta llevada a cabo en todas las revoluciones de colores antes mencionadas, desde Venezuela a Georgia, desde Ucrania a Líbano ¿y quienes son los cocineros? Las organizaciones e institutos también mencionados antes, quizás con primacía de CANVAS (Center for Applied NonViolent Action and Strategies) en cuya página web se puede encontrar –por capítulos fácilmente digeribles y en un práctico formato Word- el perfecto manual para una exitosa revolución no violenta -que te recomiendo visitar- y en la cual, a primera vista, resulta irónico –por no decir trágico- ver como la página es ilustrada por un escudo de armas y espadas… una estupenda alegoría a la no violencia (será el sentido del humor del profundo “yankee”). Los ingredientes necesarios: estudiantes universitarios movilizados, extensión de la reivindicación a otros sectores sociales, como crear lemas y difusión de los mismos, como utilizar los nuevos medios de comunicación, como “encender” el vecindario, que hacer ante situaciones de arresto, como organizar grupos de activistas (células operativas), etc, etc.
Cierto es que el gobierno de Ahdmadineyad es plenamente sospechoso de haber manipulado las elecciones, que el olor a “pucherazo electoral” emana en Teherán y se huele desde Alaska. Cierto es que, desde la perspectiva de la sociedad occidental, ese gobierno es plenamente arcaico y retrógrado. Totalmente defendible y honroso es simpatizar con los pueblos que luchan por su emancipación y mejora social, por la defensa de sus libertades (de corte occidental)… todos los argumentos en pro de las libertades y derechos (aunque de corte liberal, y eso es otro debate) no hace falta repetirlos por considerarlos obvios, necesarios y más que asumidos. Ahora bien, ello no puede llevarnos a no mirar a quienes continúan con sus estrategias y políticas de intervención en países extranjeros con la simple intención de colmar sus necesidades egoístas.
Parece ser que el salvador universal, la esperanza del mundo, aunque callado, está poniendo en práctica – o continuando- las actitudes y actuaciones de todos sus antecesores republicanos o demócratas. Quizás los cambios esperados del salvador negro sean sólo visibles en el interior de la metrópoli del Imperio…. ahora yo solo veo más de lo mismo y la poca simpatía que me despertaba esa persona que se concretaba en las relaciones internacionales simplemente….. se ha esfumado.